Pareciera ser invisible. Se ven sus efectos, pero pocas veces salen a la luz quienes hacen un gran negocio con la destrucción de los seres humanos. La droga se ha convertido en una de las calamidades de nuestro tiempo. Su consumo no reconoce edades ni niveles sociales e impacta con fuerza en sectores desfavorecidos de la sociedad que no disponen de recursos para hacerle frente. Ayer, el titular de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), Juan Carlos Molina, escuchó el pedido de ayuda de las madres que no saben qué hacer con sus hijos adictos, en el barrio Alberdi Norte, conocido como Trulalá.

El sacerdote se sensibilizó con el drama y confesó que el diálogo con estas mujeres había sido un golpe con la realidad. El funcionario ponderó la labor de las ONG, de las fundaciones y de las asociaciones que trabajan en esta temática, señalando que se trata de un trabajo desde arriba hacia abajo. Dijo que es importante trabajar desde abajo hacia arriba, es decir a partir de los mismos integrantes de la comunidad. De poco sirven los subsidios si no hay acciones concretas de las familias afectadas. Señaló que el consumo de estupefacientes puede obedecer a causas familiares, personales o a la acción de los vendedores, pero que no son la cocaína ni la marihuana los principales enemigos, sino el alcohol, que es una droga lícita. Indicó que una gran cantidad de delitos están asociados al alcohol, según estudios de la Corte Suprema de Justicia. Relativizó los efectos nocivos del paco.

En julio de 2013, el vicario de la Solidaridad y Asuntos Sociales afirmó que en los barrios más pobres se perciben más las consecuencias fatales del consumo de drogas. “Es más grave el problema en estos lugares porque está asociado a la desnutrición de base que traen y que a muchos de ellos, un alto porcentaje, le impide terminar su escuela primaria. Es más grave porque el acceso a una educación integral, a una salud plena es muy escaso, por más que se diga lo contrario. Basta recorrer casa por casa, esquina por esquina, hablar con ellos, mirar el estado de sus casas, oler el hedor nauseabundo de aguas servidas, viviendo en medio de las heces de animales para preguntarnos: ¿Qué amor y apego a la vida puede esperarse de niños y jóvenes que crecen en esos medios? ¿Por qué razón esos lugares son un medio privilegiado para la venta de drogas? ¿Por qué resulta más fácil “conseguirla”? ¿Quién tiene que saber esto y combatirlo? ¿Lo saben las autoridades?”

Si bien se han logrado algunos avances con el traslado de algunas villas miseria a barrios con las llamadas soluciones habitacionales, no se han tomado medidas de fondo, como elaborar una política de Estado integral para combatir el consumo de sustancias ilegales y de alcohol. Debería impulsarse la alfabetización de chicos y adultos, educándolos in situ. De manera que los mayores que carezcan de educación podrían instruirse. Ello les daría mayores chances de encontrar empleo y de educar mejor a sus hijos.

“¡Cuántos mercaderes de muerte que siguen la lógica del poder y el dinero a toda costa! La plaga del narcotráfico, que favorece la violencia y siembra dolor y muerte, requiere un acto de valor de toda la sociedad”, reclamó el papa Francisco. Si el Gobierno sigue sin comprometerse a fondo y no promueve la participación ciudadana, las drogas seguirán destruyendo a nuestros niños y jóvenes y minando el futuro.